Paul et Virginie

Paul et Virginie

Autor: Bernardin de Saint-Pierre

Editor: Éditions G.P, Paris. Bibliothèque Rouge et Or

Año: 1950

Bernardin de Saint-Pierre ni siquiera aparece en el diccionario francés de nombres propios. Está, en el listado de hombres ilustres, eclipsado por un tal abate Charles-Irénée de Saint Pierre, escritor desconocido al menos para mi, que se codea con una multitud de Saint-Pierre que son sitios geográficos del planeta que también me sirvieron, y mucho, para soñar: una ciudad pequeña en la isla anglo-normanda de Guernesey, un lugar de la Martinica ya destruido por una erupción de la Montaña Pelada, o una capital de provincia de la isla de La Reunión, en la exótica comarca de Sous-Le-Vent [Bajo-El-Viento]…

De exotismos estamos pues hablando.

El tal Bernardin escribió al menos un libro —y no sé si otros— cuya historia transcurre en la isla Mauricio, cerca de Madagascar. Recuerdo desde muy pequeña mi fascinación por los Valparaíso, Tanganika o Chandernagor, los Singapur, los Kilimanjaro, los Terranova… se conoce que mis padres adivinaban algo de mis gustos porque recuerdo perfectamente mis regalos de cumpleaños: Luna, la pequeña Cherifa o dos historias de título olvidado que me hicieron enamorarme a la vez de Japón [¡y las estampas japonesas!] y del Egipto de los Faraones.

Pero ninguno llenó de veneno mi sangre como Paul et Virginie. Era sin duda la historia ingenua y un poco tonta, moralizante sin lugar a dudas, de dos niños criados juntos, luego adolescentes; una blanca posiblemente hija de colonos y un mulata bello como un efebo: los dos se amaban, por supuesto, y se tenían que separar, también por supuesto. Y aparecían la muerte, la ausencia, el vacío…

En realidad recuerdo poco del relato, casi nada; sin embargo este libro impregnó mi vida de tal forma que, si ahora echo la vista atrás, es el que recuerdo con más fuerza, como si su presencia no hubiera dejado nunca de trabajar en mi, de acompañarme en la aventura literaria. Quizá todos los descubrimientos que hice en los libros tomaron raíces en éste y, desde luego, mi amor a la poesía, seguro. No recuerdo a penas ni las alegrías ni las penas de estos dos muchachos pero su imagen sigue grabada a fuego en lo que creo es mi actitud de lectora: imaginar lo que palpita detrás de las palabras, crear con ellas desconocidas arquitecturas. En mi no dejaron traza consciente ni las vicisitudes de los personajes ni la moralina del libro, pero todavía siguen presentes la música del aire en los mástiles de los grandes navíos o el roce de la tela de rayas en la pantorrilla de cobre de Paul; la vida otra entre los palmerales; el impreciso horizonte del agua; y todos los árboles y los colores, casi los olores, que encontraría otra vez en Gauguin, en sus telas y en sus escritos…

Me ayudó a intuir que este mundo no es el único mundo, que hay infinidad de ellos por descubrir o imaginar, y no sólo en su significado físico o geográfico… Así me adentré más tarde en los vuelos de noche de Saint-Exupéry, la lírica cortante de Boris Vian o el Amok de Stefan Zweig; y en las palabras de Sartre, y en las dudas de Siddartha, y en la estucada vida de Shonagon, y…

[BeHache]

Tarifa: 5/10

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