Vidas paralelas.
Alfonso Brezmes
Según los antiguos griegos, cuando los dioses nos son favorables, ignoran nuestros deseos, y cuando nos son adversos, los cumplen...
Vidas paralelas
Siempre había pensado que nadar es muy aburrido. Por eso, cuando decide ir a la piscina para volver a coger la forma perdida en largas horas pegado a la silla de la oficina, H -llamémosle así-, no sabe que su vida va a cambiar. Le aburre la sola idea de desvestirse, ponerse ese ridículo slip negro que deja patente su normalmente poco visible -llamémosle así- P, colocarse unas gafas y un ridículo gorrito, las chanclas (siempre odió las chanclas, le parecen cosa de horteras), los tapones, la toalla, toda la parafernalia del sufrido usuario de piscinas cubiertas... Y el ritual siempre es el mismo, agotadoramente idéntico: comenzar a nadar, nadar incesantemente, sin pausa, una hora seguida, todos los días. Y, así, olvidarse de todo. Por una hora...
Hasta que un día, al ir a dar la brazada quinientos diecisiete, justo en ese momento en que el brazo izquierdo va a salir disparado del agua para volver a meterse e impulsar al cuerpo al que inseparablamente pertenece, H. percibe un leve roce en la pierna derecha. Es tan leve que inmediatamente lo ignora, confundido entre los golpes que a menudo se propinan los nadadores que luchan por abrirse camino en el agua. No es hasta diez minutos después, exactamente en el mismo punto del recorrido que antes, que H. siente de nuevo el roce, igualmente sutil, si acaso aún más intenso, más perfecto, cercano a su P. Cuando llega al final de la calle se para -cosa inusual en él - y trata de averiguar quién ha podido ser el autor de esa provocación. Por la calle de al lado nadan varias personas pero, por su posición y la velocidad que llevan sólo puede ser aquella figura que acaba de llegar al otro extremo de la piscina. A través del vaho de las gafas intuye una figura femenina, esbelta y bien formada, un bañador rojo, nada más... Aunque parece eterno en el recuerdo, es apenas una décima de segundo el tiempo en que ambos se miran sin verse, para luego volverse a zambullir y de esa forma cumplir sin tregua la rutina de los nadadores impenitentes. Pero a lo largo de lo que queda del día ya no puede sacar este suceso de su cabeza.
Al día siguiente, cuando nada hace presagiar nada, el roce vuelve, y con él un cierto sonrojo, pues esta vez es más profundo, una caricia dulce y prolongada en el costado. Y ahora ese contacto se vuelve recurrente, pues cada vez que aborda la calle en el mismo sentido la caricia vuelve, como una ola, despertando en H. un mundo de sensaciones nunca antes experimentadas. Ahora es él quien decide dar un paso en la relación, y con el pie se atreve a impulsar suavemente a su compañera de aventura. Una vez llegan a los respectivos extremos de las calles, se paran para mirarse, pero todo es fugaz y nunca llegan a ponerse rostro. Cuando sale de la piscina, ella -llamémosle Q- ya no está, y H. percibe un pequeño dolor en el costado, no sabe bien si por el roce continuado o por algo más profundo que su mente no acaba de aceptar.
Con el paso de los días el ritual se vuelve costumbre. Poco a poco ninguno de los dos nadadores puede concebir un mundo sin el otro, como si la vida no tuviese ya sentido sin ese ir y venir de saludos y de caricias en que la complicidad se torna intimidad y, pronto -llamémosle, por qué no, así- amor. Sus vidas transcurren paralelas y acuáticas, siempre el uno al lado del otro, siempre sin encontrarse. Y tal vez mejor que así sea. Que no lleguen a saber nunca que en realidad ya se conocen y que, en la otra vida -la que sucede paralela también, y tediosa, fuera de la piscina- jamás sintieron ni llegarán a sentir nada el uno por el otro...
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