Las almas

Marie geneviève alquier
Había llovido tanto ese año… las almas terminaron por esponjearse demasiado. todo entraba allí a saco y nadie ya podía resistir ese overbooking de emociones y sentimientos. De hecho, creo recordar que a algunos de nosotros se les ahogó el alma y no hubo forma humana de recuperarla. Aún vagan por allí, pobres, y parece que el cuerpo se les ha encogido de pronto, y se les han arrugado hasta los pensamientos.

De pronto, para ponerla a secar, algunos empezaron a colgar su alma del cielo malva; y otros siguieron; de manera que el firmamento, durante unos días, se pareció más a alguna extraña verbena que a un cielo raso y pulido por la brillante humedad de los recientes chaparrones. Era curioso ver cómo se bamboleaba el alma de cada uno, unas más que otras por el propio peso específico: no era lo mismo, no podía ser lo mismo, el balanceo entre las pálidas estrellas del alba de un rectángulo de papel vegetal donde sólo se había quedado impreso lo fugitivo y pasajero - algún personaje de poca consistencia, sin duda - al casi tétrico crujido de una bola de papel estraza impregnada de mil batallas y cotidianas heroicidades.

Sí, sí, las almas, todas, estaban hechas de papel. Es algo que descubrimos todos, sorprendidos y algo decepcionados por el poco peso aparente de un algo al que le habíamos concedido de siempre un inestimable valor. Algunos, imagínense, hasta hablaban de inmortalidad cuando discurrían acerca de ello. Muchos, desde luego, no entrábamos en eso pero aún así, esa materialidad tan frágil nos pareció casi ofensiva para nuestro orgullo. Nunca nos habíamos imaginado que el alma fuese a reducirse a un rectángulo, una bola a lo sumo, un amasijo informe a veces, pero sobre todo de un material que se supone no es eterno ni mucho menos y, además, en cualquier momento se puede volver a mojar y hacerse un engrudo, caerse y pegarse al suelo donde cualquier paseante, aún sin querer, lo remataría con una pisada desafortunada. Y adiós alma, ahí te has quedado…

Así que se pueden imaginar con qué cuidado escrutábamos el cielo cada mañana al despertar. Primero, saber si las almas se podían colgar ese día: que si las nubes iban muy de prisa y se dirigían hacia el oeste pero no te podías fiar porque el aire parece que iba a cambiar y en cualquier momento podía volver a caer una gorda… Y bastante empapadas estaban ya las pobres como para recibir más agua encima. Así que sólo se colgaban los días en que, de verdad, el sol asomaba limpio de nubes, resplandeciente, prometedor ya desde la misma aurora y se ponía ese cielo malva intenso que luego tornaría a azul acuarela - era invierno, no podíamos pretender que el cielo se pusiera del azulón casi impertinente del mes de julio -.

Nunca la gente había salido tanto a la calle. Claro, había que vigilar. Sí, el día se había levantado muy bonito y ni siquiera el hombre del tiempo había hablado de nieblas matinales, bancos de bruma ni nada por el estilo, pero a ver quién es el guapo que deja allí su alma a merced de cualquier capricho de la naturaleza. Durante unos días - ¡y mira que las almas tardaron en secar! -, nuestras vidas fueron, de verdad, un sin vivir. Así desde luego no se podía trabajar. Era un inconveniente, de por sí, hacerlo sin alma - muchos se volvieron desaprensivos y huraños, desalmados vaya - como para, encima, tener que salir cada dos por tres a mirar el cielo porque de repente había entrado una sombra rara en el taller o la oficina. En las ferreterías se agotaron rápidamente las escaleras y la producción extra de una herramienta tan útil se volvió poco menos que una cuestión de Estado.

Allí, desde luego, y hablando de Estado, allí sí que se vio de qué pasta estaban hechas las almas de nuestros representantes. ¡Menuda vergüenza! Casi ninguna reunía las mínimas condiciones de robustez y durabilidad que se podían haber esperado, perteneciendo a quienes pertenecían. La mayoría habían sido confeccionadas con un papel endeble y poroso que no resistiría, desde luego, una segunda prueba de humedad como ésta. Pero otras, y esto era peor, exhibían un material a prueba de bomba - como si fuera un papel muy gordo reforzado con red metálica o algo así -. Claro, ahí no entraba un sentimiento ni a tiros, menudo material. La verdad es que de ésas había muy pocas porque, en parte, no habían llegado a empaparse y, por otra parte, no estaba bien visto que los políticos sacaran su alma a la calle: la gente es muy cotilla y ciertos asuntos mejor que se queden en casa.

Otra cosa bien distinta era el alma de algunos artistas; en esos días se descubrió a más de uno. Almas ligerísimas, parecía que ni siquiera existían de no ser por la hinchazón desmesurada que las delataba a primera vista. También tenían más color y se bamboleaban que daba gusto verlas, vivas, dibujando en el cielo arabescas y pájaros locos. Y por su material transparente dejaban filtrar el sol, de forma que también en el suelo se formaban hermosas figuras abstractas, continuamente movidas por la brisa más ligera. Desde luego no se quedaban quietas ni un minuto y no sé si alguna hasta se lió la manta a la cabeza y escapó en un momento de distracción de su propietario… Y las de los músicos, evidentemente, no paraban de vibrar con el mínimo soplo, emitiendo melodías cortas y sutiles, a penas audibles por un oído muy avezado. A mi me lo contaron, la mayoría de nosotros no llegamos a oír ninguna de ellas. Aún así era bonito imaginárselo.

Fueron días duros e intensos pero también aprendimos mucho de cada uno de nosotros. Algunos, desde luego, no tenían ni mucho menos el alma tan negra como se la pintaban, hasta se la veía casi luminosa por sitios, como si alguna esquina del papel hubiera recuperado una luz venida de otras esferas. Sospechamos también de que nuestras almas, al ventilarlas y exponerlas a la luz de fuera, fueran cogiendo tonos distintos, algún brillo inhabitual que le daba otro aspecto, quizá otra dimensión.

Un buen día, alguien declaró que las almas ya estaban secas y que las podíamos reintegrar a nuestros cuerpos. Desde luego, lo hizo cada uno con mucha cautela, por los posibles cambios -a más de uno ya no le cabía el alma en el pecho y no tuvo más remedio que darle un trocito a algún vecino escaso -, pero lo hicimos contentos y aliviados: estaba claro que se vivía mejor con ella dentro, aunque estuvimos de acuerdo en que había sido una buena experiencia y que el cielo se había vuelto, todos esos largos días de secado, mucho más interesante.

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