Expericuento

Porquéno.doc
Volvió algo contrariada a su sitio. Era la tercera vez que su jefe corregía –en realidad, y como ya había pasado en otras ocasiones, se corregía a sí mismo– un estúpido comunicado que había que enviar al departamento de marketing sobre la campaña de navidad. Detestaba esa actitud prepotente que sólo escondía inseguridad, tan propia de quienes tenían cierta responsabilidad en una empresa que castigaba con severidad cualquier equivocación de sus empleados. Intentó relajarse pensando que, tras el divorcio, que había supuesto un desgaste mayor del que imaginaba, su vida transcurría como un “largo río tranquilo”, y que no merecía la pena alterarse por las pequeñas miserias de los que tenía alrededor. Era feliz. ¿Era feliz? Sí, sin duda lo era. O al menos así lo creía.

Algo sí había seguro: ya era viernes. Los viernes unas veces eran teatro, cine o concierto, otras veces eran coger el coche y marcharse a ver el mar o acostarse a las mil y tantas con un libro, un paracaidista o un bombero... Sesenta benditas horas sin ver la cara de reprimido de su jefe. Abrió el archivo “Porquesí.doc” y añadió “Los viernes”, “Los paracaidistas” y “Los bomberos”. Abrió “Porquenó.doc” y añadió “Esteban” –su jefe– y “Los domingos”. Cada archivo era una lista. “Porquesí.doc” era muy corta. La otra, llena de odios impulsivos, ya tenía 3 años y diez páginas. Su exmarido aparecía unas doce veces. También aparecían nombres de políticos, periodistas, antiguas amigas; cosas como “la grúa”, “Pedir dinero a un amigo” o “Buscar piso” y tres que ya ni entendía: “los punto y coma”, “José Coronado” y “la navidad”.


Tenemos que enfocar el tema de la definición de la campaña de manera más....vamos... más rigurosa, digo yo, es que si no...” Al oír las voces de sus colegas que volvían del desayuno – recreo que ella solía utilizar para otros quehaceres - cambió el contenido de la pantalla a una hoja de cálculo que tenía abierta al efecto. Luego, cerró de uno en uno los documentos que había provisto de contraseñas y escondido en ramificaciones remotas del árbol del directorio. No vaya ser que la jauría de hienas se entere de sus odios, bomberos y paracaidistas. Aprovechando que no se asomara ninguno de ellas envió una copia de “Porquenó.doc” a su propia dirección de correo. Se proponía seguir “trabajando” sobre ello en casa, emulando a esas personas que llevan una agenda consigo a todas partes para apuntar ideas y luego incubarlas. Era la hora de hacer alguna llamada para las actividades de las horas sin jefe. Sí, era feliz, tenía una vida llena y cantidad de amigos dinámicos que no se cansaban de hacer propuestas para esas horas.


Como todos los días desde que se jubiló, tras el desayuno se dirigió a su rincón del salón y encendió el ordenador, compañero fiel, que le brindaba la oportunidad de tratar no solo con muchas, sino con muy diversas personas. Antaño lo hacía su trabajo. Por eso lo echaba de menos. Pero su documento de identidad no mentía, su cuerpo notaba el paso del tiempo, sin embargo, su mente no era consciente, se rebelaba. En su buzón de entrada tenía un mensaje enviado por sí mismo, ¿o no?, solo cambiaba una letra en la dirección del remitente. Una errata al teclear, sin duda. Durante un instante y como tantas veces a lo largo de su vida surgió el dilema que a estas alturas ya consideraba superado, curiosidad frente a seguridad, riesgo frente a monotonía. Y fugazmente rememoró su habitual respuesta “quien no hace, no yerra”. Mirando atrás, solo se arrepentía de las cosas que no había hecho. Abrió el correo. Simplemente adjuntaba un fichero: ”Porquenó.doc”.

Al principio pensó que era una equivocación o alguna propaganda, y su índice recorrió el ratón mecánicamente en busca del botón de suprimir. Entonces se dio cuenta de que la dirección del remitente era casi igual a la suya: “clopezv@hotmail.com”, en vez de “clopezb@hotmail.com” Casi en el mismo golpe de vista comprobó que la b y la v yacían juntas en el teclado y contuvo el impulso nervioso justo a tiempo en la yema del dedo índice. “Siempre hay algo en el ordenador que hace la mañana distinta”, se dijo, “pero esto me parece verdaderamente curioso”. Preso del hipnotismo que provoca lo inesperado, abrió de inmediato el archivo anexo como si fuera a encontrar la sorpresa de su vida a los sesenta y tres años. Leyó una larga lista en la que aparecían personas famosas, colores, hortalizas, días de la semana, hechos históricos, profesiones, películas, perfumes, canciones, partes del cuerpo o marcas de ropa… Por un momento sintió un anhelo romántico de escribir a la desconocida “v” para contarle cómo era ser la “b”, pero lo desechó como una ocurrencia más de su imaginación ociosa: además él nunca había tenido arte para eso. “¿Y cómo se llamará?”, se preguntó. “Al menos estamos unidos por la letra c; aunque también por ese apellido, López, que rompe todo el romanticismo.”



Carmen no podía entender aquel mensaje en su correo. Tras una jornada laboral de viernes largo y una velada aún más larga y animada, tras dormir a penas cuatro horas para llegar a tiempo a la comida de cumpleaños de su padre, tras una pitanza cuantiosa y aburrida y una sobremesa aún más pesada,... Carmen no tenía el cuerpo para jotas. Pero he te aquí que, de vuelta a su luminoso y minúsculo nido, antes de irse a dormir para poder aguantar otra noche con amigos y festejos, mecánicamente entró en su correo electrónico; “Querida V”. Alguien se había equivocado. Pero la curiosidad le había borrado el sueño. Aunque fuera para otra mujer no pudo evitar leerla y la carta tenía su aquel. Pero... ¿cuántas mujeres tendrían una lista llamada “porquenó.doc”?



Hizo clic sobre la V en el asunto del mensaje y se tiñó de un pálido azul la línea superior. Contenía un sobre cerrado y un clip en miniatura al lado de su dirección de correo electrónico –ahora alterada por una sola letra–, la fecha de hoy, la hora: 16:52, y un archivo de 144 KB cuyo nombre le resultaba más que familiar. Se llevó una enorme decepción al comprobar que no había ningún mensaje, sino sólo una ventana en blanco que le iluminaba el rostro mientras inventaba posibles explicaciones. Abrió el documento adjunto y lo reconoció como suyo de inmediato. Pensativa, y muy intrigada, desplazó su dedo hacia la ruedecilla del ratón, y en su nerviosismo la empezó a deslizar arriba y abajo, dándole vueltas al asunto y al documento simultáneamente. Al parar un instante, se percató de que alguien había modificado esta lista suya tan íntima, pero sin alterar su contenido. Sólo cambió el color de las palabras. Había odios resaltados en verde lima, repulsiones en letra fucsia, aversiones subrayadas en turquesa. La mitad se mantenían en su negro original, en el que también aparecían estas palabras de la última hoja: “Querida V, no sé quién eres, pero me encantan las pequeñas cosas de la vida como a ti. Llámame...”



“¡Vaya tío cursi! Y encima pretende que le llame”, se dijo Carmen mientras caminaba hacia la cama dejando el ordenador encendido. Tuvo un sueño pesado en el que se mezclaban imágenes de comida y de pantallas parpadeantes. A las nueve de la noche se despertó y volvió a leer el desconcertante mensaje que había recibido en lugar del que ella se había enviado. No iba a llamarle, de eso estaba segura, pero tal vez le contestara. Muchos paracaidistas y bomberos le habían prometido dar color a los aspectos más tristes de su vida pero ninguno de ellos había respetado todas y cada una de las manías y aversiones acumuladas en ¿treinta y cinco años? Dudó entre vestirse para salir o sentarse a escribir, sólo para probar a ver qué carta le salía.

Decidió sentarse. En vez de escribir, empezó a agrupar por colores los elementos de la lista pensando que quizá tendrían algún sentido; de esa manera, tal vez podría conocer algo del remitente internáutico. Algo parecía claro: lo que a ella le disgustaba, para él eran “las pequeñas cosas de la vida” y le encantaban. Mala señal. Suponía que lo que había dejado en el negro original era lo que ni le iba ni le venía. Menos mal, por lo menos “Pedir dinero a un amigo” estaba en negro, “José Coronado” también, pero... ¡“Esteban” estaba en fucsia y subrayado!


la elección de colores desenmascaraba a un hombre zafio, burdo. un hombre acostumbrado a seguir diez partidos simultáneos en la radio y luego comprar ,de forma involuntaria, los productos anunciados durante la transmisión. esteban sería para él el concuñado de la hermana de su señora (los comelegumbres tienen señora, no mujer ni esposa). un pariente lejano como para no acordarse de él en navidades, pero cercano; siempre cercano a la hora de ser cómplice de algún crimen sórdido con móvil mezquino e insuficiente. “ya sabemos que el cuerpo apareció muerto en el taller de chapa donde trabaja esteban, el concuñado de la hermana de su esposa”. se acabó el e-ping pong con este hombre. para mí esteban será siempre el primer mártir. todos los primeros días de todas las asignaturas de todos los cursos en las irlandesas, las mojas sacaban siempre a mi mejor amiga- marina esteban laredo- a la palestra para inaugurar el año lectivo con la misma excusa. ahora sé que marina fue mi primer y único amor. marina está aquí, en Barcelona, desahuciada en tres continentes por un cáncer inoperable. marina ha vuelto a su casa a morir. marina está cansada de luchar contra su propio cuerpo, cansada de luchar contra el mundo desde lesbian avengers. ella convirtió en su causa lo que yo convertí en miedo y soledad. marina ha venido a morir y yo sigo escribiendo su nombre con claves secretas y buscando motivos para no verla. mañana sabré si recuerda la niña que fui; las mujeres que fuimos.


“Pero basta ya de recuerdos”-se dijo mientras apagaba de forma brusca el ordenador.-“La memoria es una herida que sangra en silencio, y el mundo demasiado ancho como para perder el tiempo lamentándose.” Para un hombre sin futuro la ilusión era ya lo único a lo que aferrarse, y sin embargo, ante el silencio de la pantalla, cuya única respuesta era el vago reflejo de su rostro envejecido, irreconocible hasta para él mismo, era vano engañarse… Había jugado con la posibilidad – remota como que el vuelo de una mariposa originase una ola gigante al otro lado del mundo- de que una persona a quien no conocía pudiese entrar, por un error insignificante, en su vida. El había tratado de mostrarle, sutilmente, su arco iris de temores y deseos más íntimos, incluso se había atrevido a enviarle un nuevo mensaje, conciso y sin embargo sugerente: “¿Por qué no?”, y ella le contestaba con el silencio…

Lo cierto es que , en ese preciso instante, Carmen pensaba en él, no podía quitárselo de la cabeza, esa presencia minúscula pero insistente en su vida, como el zumbido de una mosca, que le decía que tal vez él era quien llevaba tanto tiempo esperando….Sí, por qué no, sabía lo que haría a continuación: pincharía de nuevo en la dirección de correo del remitente misteriosos y llamaría al departamento de compras, que fácilmente se haría – por métodos no muy legales- con su número de teléfono. Concertarían una cita, se buscarían a ciegas, se amarían tal vez…Su corazón era ahora una máquina a cien por hora, olvidada ya de jefes y de Marinas y de listas y de preferencias y de odios, un incendio desatado en su interior, que sólo su maravilloso y anónimo amante, su apuesto bombero sería ya capaz de apagar, así, dulcemente, como la luz que ahora él se disponía a apagar antes de acostarse, tras haber depositado lenta, cuidadosamente, la dentadura postiza encima de la mesilla de noche…

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