El saborcito

Daniel Arencibia

Y desde la cruz dijo el ladrón a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.
Y Jesús le contestó: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.
Lucas 23, 42-43.

EL SABORCITO.

La vida es inútil. Como los primeros 39 minutos de un partido de baloncesto. Todo el mundo sabe que son una farsa y que, pase lo que pase, el partido siempre se va a resolver en el “decisivo último minuto”.

Llevo ya 11 días aquí arriba y lo que más me sorprende es la cantidad de gente que tiene cara de susto. Más o menos el gesto que se te debe quedar cuando llegas a 150 por hora a un embotellamiento y te das cuenta de que los frenos no funcionan. No es justo.

Desde los 25 años y hasta mi muerte la pesadilla que tuve por mujer decidió solemnemente prohibirme el postre. “Para alargar el saborcito de la cena”. Este principio para ella era universal y yo un lerdo si no lo entendía. También solía decir que sólo le gustaban las películas que tenían final feliz. Que el “saborcito” del último minuto era el que se le quedaba después en el cuerpo. Era frustrante recomendarle una novela deliciosa o una película sublime. Siempre me clavaba la misma maquiavélica respuesta: ¿Pero termina bien?

Pues aquí arriba es más o menos lo mismo. El “saborcito” del último suspiro es el que te traes a la eternidad, que es algo larguísimo que parece que no va a terminar nunca.

En su autobiografía, el orondo Reverendo Padre William Lopes, capellán del corredor de la muerte de Baja California, declaró que en las 114 ejecuciones por inyección letal en las que tuvo que asistir el condenado invariablemente “se arrepentía de sus horribles pecados y se ponía en paz con Dios”. Cuando lo leí me pareció tan indignante como la fiesta que le hacían al hijo pródigo aquel de la parábola. Todos bien cenaditos, narcotizados y directos al paraíso. Y allí paz y después gloria.

Por aquí hay algunos casos que claman al cielo. Ayer conocí a una monjita del siglo VI que dedicó 23 años a atender huerfanitos con lepra. La hicieron santa porque, según ella, su alma abandonó para siempre su cuerpo mientras la violaba un moro algo viciosillo. La pobre lleva 16 siglos con la misma cara de asco.

Paseaba atendiendo a Don Quintín, un médico solterón que en 1880 lo dejó todo para irse a ejercer al África septentrional. Por allí estuvo curando negritos de tribu en tribu hasta que se cruzó con los Arupi, simpatiquísimos caníbales. Don Quintín lleva 78 años entre ayes y bufidos. 78 años hirviendo.

Pues eso. Que esto está lleno de santos que, los pobres, no murieron en su mejor momento y ahora arrastran un terrible pinchazo en el pecho, un calor de hoguera o simplemente un inoportuno y repugnante ataque de acidez eterna.

Por mi parte no puedo quejarme. Cuando cumplí 53 años, 2 meses y 29 días mi mujer me echó de casa. Cargado de venganza me fui al prostíbulo más caro de la ciudad y 40 minutos más tarde estaba en un jacuzzi haciendo cosas con dos auténticas emperatrices. Cuando el fluorescente cayó al agua yo estaba pasándolo tan bien que no tuve ni tiempo para sentir la electricidad. No me enteré.

Es una pena que aquí no haya espejos para verme la cara (creo que me miran con envidia).

Un juez amigo manejó mi muerte con la mayor discreción y mi mujer no ha conocido las “circunstancias”. Espero que se entere justo antes de morir. A ver a qué le sabe.

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