El mono sabio

Maria Jose Alonso Parreño
Yo no sé contar cuentos. Mi abuelo, en cambio, contaba unas historias preciosas que no se podían leer en ningún libro. Todas ellas habían sucedido en Lavia, entre olivares y almendrales, en las inmediaciones de su casa de campo. Por el tono de su voz, suave y grave, por el ritmo lento que separaba sus palabras, yo sabía que lo que contaba había sucedido hacía muchísimo tiempo.

Cuando sonaba el timbre anunciando la llegada de mis abuelos, mis hermanos y yo corríamos por el pasillo hasta la puerta desde el otro extremo de la casa. Él, con su sombrero de fieltro, y ella, con su cabeza blanca y malva, eran recibidos con un beso de cada nieto.

Luego pedíamos caramelos. Mi abuelo siempre llevaba caramelos de Hellín en los bolsillos. En unas bolsas cilíndricas, transparentes y muy tiesas, podían verse unos caramelos también cilíndricos, envueltos en papel blanco impreso en rojo, todo mate, con dibujos de 1900, que terminaban en dos piquitos de papel muy bien doblados y no con el papel retorcido, como todos los demás caramelos del mundo. Aunque había de todos los sabores, todos ellos eran blancos y traslúcidos. Solo leyendo en el papel podía averiguarse el sabor antes de probarlo. Y yo no sabía leer. A mi abuelo le gustaban los caramelos de anís.

Cuando ya todos chupábamos uno de sus caramelos, por fin pedíamos un cuento. Los que más me gustaban eran los del mono sabio, unas historias que el propio mono sabio había contado a mi abuelo cuando era niño. De todas aquellas historias yo sólo recuerdo “que el mono corría y corría….y que el león se resbalaba y se resbalaba…”. Sin embargo, el mono sabio sigue en mi imaginación y tiene una apariencia bastante antropomórfica, semejante al mono que aparece en la etiqueta de cierto anís.

El peligro, el miedo, el azar que salva, la inteligencia que vence a la fuerza, el valor, se agolpaban en la vida del mono sabio. Era un mono que hablaba y que vivía en nuestra finca, un gran honor para nosotros.

Ayer me comentó mi madre que le ofrecían 20.000 pesetas por cada olivo centenario, que querían transplantarlos a unos jardines a muchos kilómetros de nuestra casa en Lavia. Una cuerda se tensó dentro de mí, desde el estómago hasta la garganta. Me negué en redondo alegando que los ecologistas se nos echarían encima y dando muchas otras razones.

No quise decirle la verdad: que no podíamos arrancar de nuestra tierra el árbol donde vive el mono sabio, que no sabemos cuál es.

Por la tarde pregunté en las tiendas del pueblo dónde vendían caramelos de Hellín, no sé si para chuparlos o para guardarlos en los huecos de los olivos más viejos. No los encontré.

Quisiera saber contar cuentos. Sería bonito colocar en mis hijos esa cuerda que entra por los oídos y que llaman nostalgia.

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